Fútbol contra obsesión

El Barcelona volvió a ganar en el Bernabéu. El Barça interrumpió el mejor momento que se le recuerda al Madrid, a cualquier Madrid. Ni con la carrerilla de un aeropuerto ni con los motores de un avión consigue saltar esta valla. El problema está muy cerca de trascender la pelota para acomodarse en el diván. Hay un complejo que devora al equipo y parte del entrenador. Ha sido él quien ha elegido las armas para combatir al Barcelona. Ha sido él, dueño de todo, quien ha apostado por la fuerza, la presión, por los cuerpos atléticos, polifuncionales e incansables. Pues no basta.


El temor es que una derrota digna nos devuelva otra vez a la edad de piedra y en el próximo duelo Pepe recupere lugar en el mediocampo; la pena será que el madridismo concluya que no existe otra alternativa contra el Barcelona, que se renuncie a la solución del fútbol antes de profundizar en ella, que se acepte la inferioridad.

A quien busque excusas se le ofrecen varias. La primera es que Messi hizo méritos para ser expulsado al final de la primera parte. Borbalán le había mostrado la amarilla por protestar y pudo repetir tarjeta después de una entrada a Xabi Alonso. El árbitro no se atrevió con tanto. El resto de las decisiones son opinables y favorecieron, por tramos, a unos y a otros. La suerte es la otra escapatoria, pero tampoco conduce a ninguna parte.

Origen.

Del primer minuto del partido hace ya un siglo. El gol del Madrid llegó antes de que los futbolistas hubieran terminado de persignarse o encomendarse a Alá. Víctor Valdés equivocó el pase (largo, arriesgadísimo, pecaminoso) y entregó el balón a Di María, que duerme con la bayoneta calada. Lo que sucedió después fue una sucesión rebotes, traspiés y nervios desatados. Despejó Busquets, mal, voleó Özil, peor, y por fin remató Benzema, con la tibia, pero mortalmente. Uno a cero.

El madridismo lo celebró como el guión soñado, casi como un augurio de felicidad. Sin embargo, pasado el primer sofocón, la alegría se moderó y se oyeron las tribulaciones de una afición a la que el Barça imparte lecciones de fatalismo. De la satisfacción del gol se pasó al temor a haberlo marcado demasiado pronto. Ya saben: un gol tan tempranero apenas tiene efecto en quien lo recibe, pues ni se asume la desgracia ni se padece tanto como otro más tardío, con menos tiempo para remontar. El Barça, en cambio, lo tenía todo.

Quizá por esa razón el equipo zarandeado no se sintió ante un drama, sino ante una habitación desordenada. Y Messi la arregló. A los seis minutos robó a Sergio Ramos y encaró a Casillas con aviesas intenciones. Su disparo, colocado como un dardo, lo sacó Iker con las yemas de los dedos.

Es difícil afirmar que fue esa jugada la que igualó el partido. De lo que no hay duda es de que igualó el miedo. A partir de ese momento, el Madrid dejó de disfrutar de las ventajas del anfitrión para encontrarse con los inconvenientes, el ansia, la inquietud. Cristiano las sufrió más que nadie.

Equilibradas las fuerzas, el encuentro nos mostró dos estilos opuestos, dos formas de ser. Si habláramos de maneras de hacer la guerra, nos valdría la comparación con aztecas y conquistadores. Mientras el objetivo de los indígenas no era dar muerte al enemigo, sino capturarlo, el de los españoles era rebajar las huestes rivales con arcabuces y espadazos. El prodigio del Barça es vencer jugando al rescate.

Por momentos, muchos, el plan resulta suicida, angustioso y provocador. El Barcelona se empeña en sacar la pelota jugada en todo momento, hasta cuando no lo recomienda el sentido común, ni los tratados del fútbol o la cardiología, y por ese contagio se explica el fallo de Valdés en el gol.

La hipnosis, sin embargo, surte efecto. Lo hemos visto mil veces. El equipo que observa se convierte en la serpiente que baila al son del faquir, demasiado concentrada e interesada como para atacar al flautista. Así se diluyó la ferocidad del Madrid. Cuando correr deja de ser rentable, se corre cada vez menos. Y se pierde el ritmo, y se extravía la fe.

Alexis empató. El gol fue una ocurrencia de Messi, que tomó el balón y se deshizo de Özil, Alonso y Lass. Surfeando sobre las piernas del francés asistió. Recibido el paquete, el chileno marcó con tino y valentía, perseguido por el aliento de dragón de Pepe.

El Barça sacaba partido de ese orden caótico que resulta indefendible para los soldados con armadura. No hay antídoto para semejante avispero de locos bajitos. Esos tipos no respetan las posiciones, ni las estaturas, ni guardan la mínima prudencia. Se incorporan al ataque cinco, seis, inconscientes, seguros de que no habrá repliegue porque habrá gol, seguros de que no habrá bronca porque hay Guardiola.

Rebote.

Xavi consiguió el segundo por pura fortuna. Chutó desde fuera y la pelota fue desviada letalmente por Marcelo. Casillas no tiene cintura para tanto porque tiene cintura humana y no es muñeco que se pueda colgar del retrovisor. El tercero lo marcó Cesc de cabeza, después de otro movimiento iniciado por Messi, gran asistencia de Alves al segundo palo, magnífica coreografía general.

Quedaban 25 minutos y fueron para pensar, cosa terrible. A los madridistas no les aflige tanto la derrota como los cien años que parece durar la guerra. El barcelonista sigue mecido en un sueño a prueba de cañonazos.

Entretanto, sobre el césped, el Barcelona se quedó conforme con el resultado y el Madrid dejó de jugar contra un equipo para medirse contra un trauma. En ese tramo la figura de Iniesta se engrandeció hasta el infinito. Cada balón que dominó cambio el tiempo del partido para transformarlo en el tiempo de Iniesta. Lento, si es necesario, veloz si toca, elegante siempre. Messi hace sentir al Barça la proximidad del gol, pero Iniesta le hace sentir seguro.

Los equipos se siguieron golpeando, no crean. En forma de ocasiones y en forma de arrimones. Cristiano tuvo el gol de la esperanza, pero cabeceó fuera, inexplicablemente, pues se encontraba solo. Su obsesión le puede. Su deseo de ser protagonista le convierte en secundario ansioso. La cercanía de Messi acentúa la comparación con Salieri.

Ni el mejor Madrid, ni un gran Benzema. Ni siquiera el Bernabéu. El Barcelona agranda su leyenda y alimenta un complejo. /Diaro AS